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Jose Antonio Solorzano
NACIÓ EN la ciudad de San Salvador, el 20 de octubre de 1870, en el hogar compuesto por Justo Rufino Solórzano y María del Tránsito Calderón.
Aprendió los rudimentos del conocimiento con su madre, en el seno hogareño, para después pasar bajo el magisterio de Francisco Castañeda.
A la edad de doce años ingresó como aprendiz de cajista a la Imprenta Nacional. Cuando fue fundado el Instituto Nacional de San Salvador, durante el régimen del general Francisco Menéndez, obtuvo dos horas diarias de permiso, con el fin de que aprendiera gramática castellana y francés, pues los estudios de retórica los realizó de forma autodidacta.
Sus primeros versos fueron dados a conocer en el periódico El municipio salvadoreño, dirigido en la capital salvadoreña por Belisario Calderón. Después, le fueron publicados sus versos románticos y artículos en diversos periódicos y revistas del país y del extranjero, entre los que se cuentan a La juventud salvadoreña (1889), La costa del Pacífico (1905), Diario del Salvador (1895-1934), La pluma (1892), El fígaro (1893) y La semana literaria (1894).
Vinculado con el gobierno menendista, durante el gobierno golpista de los hermanos Ezeta se pretendió que Solórzano se hiciera cargo del matutino semioficial El eco nacional (San Salvador, 1891-1894). Al no aceptar dicho cargo y ante la inminente represalia, se vio obligado a huir hacia Guatemala, donde la casa Grimaldi y Alvarado lo contrató para que -junto con Francisco Gavidia- se encargara del periódico El bien público, editado en la ciudad de Quetzaltenango. En este medio, al igual que en el Diario de Centro América y la revista Guatemala ilustrada, hubo cabida para sus poemas y crónicas de entonces.
Miembro fundador del Partido Parlamentarista salvadoreño en 1895, ese mismo año publicó su libro Prosas y versos en la Imprenta Nacional salvadoreña.
También fue socio fundador y secretario de propaganda del Club Revolución, de tendencia favorecedora al parlamentarismo. Tras esto, se entregó de lleno a la prensa política, en cuyo carácter publicó encendidos artículos en El heraldo -efímero diario santaneco de cuatro páginas, de gran formato, dirigido por el cubano Atanasio Rivera-, El tipógrafo y La reforma -medio fundado por él y por Luis Lagos y Lagos-.
Tras esa ardiente etapa partidaria, volvió a escribir sobre temas literarios en la revista Actualidades (1915) y en el órgano obrero La concordia (1917). Falleció en su ciudad natal, en 1922.
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