Alfredo Espino

NOMBRE LITERARIO de Edgardo Alfredo Espino Najarro, quien nació en la ciudad de Ahuachapán, a las 05:00 horas del 8 de enero de 1900, en el seno matrimonial del poeta y docente Alfonso Espino (¿?-San Salvador, 23.marzo.1946) y de la profesora Enriqueta Najarro de Espino (¿?-julio.1939), ambos descendientes de familias guatemaltecas y salvadoreñas con fuertes raíces poéticas, docentes y médicas.
Alfredo fue el segundo de un total de nueve hermanos y hermanas: Rubén (1899) y él nacieron en la cabecera departamental de Ahuachapán, mientras que Miguel Ángel, Hortensia, Aracely, Alfonso, Zelmira y Adalberto vinieron al mundo en la ciudad de Santa Ana.
Desde 1909 hasta 1914 realizó sus primeros estudios en la casa familiar y en el Liceo Santaneco, dirigido por Salvador Vides. En 1915, la familia se traslada a San Salvador. Testimonios de amigos y familiares recuerdan al adolescente modesto y sencillo, de temperamento apacible y hasta retraído, fino humorista en la intimidad y poseedor de una pasmosa memoria, que le permitía repetir verbalmente libros completos.
Además, en secuencia de la tradición familiar, escribía versos, los que mostraba a sus parientes cercanos, cuyas reacciones favorables le producían estados de timidez tales, que se pasaba días enteros escondido en los rincones de la casa.
Se inclinó desde muy joven también por el cultivo de la música, la pintura, la caricatura, el cuento de hadas y la redacción de sainetes -uno de los cuales fue escenificado en San Salvador, en agosto de 1928, por la Escuela de Declamación y Prácticas Escénicas, dirigida por Gerardo de Nieva-.
Miembro del grupo de intelectuales conocido como La peña literaria, fue amigo de jóvenes escritores como Salarrué, Quino Caso, Julio Enrique Ávila, Francisco Miranda Ruano, Lilian Serpas, Juan Ulloa y otros más, todos miembros de la pujante y renovadora intelectualidad salvadoreña de ese momento.
Fue colaborador de las publicaciones periódicas Lumen, Opinión estudiantil -órgano universitario del que fue también secretario- y Jueves de Excélsior (México), al igual que de los periódicos nacionales La Prensa, Diario Latino, Queremos, Patria y Diario del Salvador.
En 1920 se inscribió en la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales de la Universidad de El Salvador -localizada por entonces en el costado poniente de la Catedral Metropolitana- y tomó parte en una revuelta estudiantil para evitar el alza en los precios de los pasajes de tranvía, incidente en el que muchos de estos aparatos resultaron incendiados por cócteles Molotov.
En horas nocturnas del miércoles 22 de diciembre de 1926 leyó un cuento suyo, El pájaro del dulce encanto, ante los micrófonos de la sección Noche infantil de la radio nacional AQM, primera radiodifusora nacional y centroamericana. Proporcionado por el Servicio de Informaciones de dicha estación, ese texto narrativo fue reproducido por Diario Latino, el viernes 24 de diciembre de 1926, de donde fue retomado por el investigador salvadoreño Carlos Cañas-Dinarte y divulgado en las páginas de El Diario de Hoy, en enero de 2000, con ocasión del primer centenario natal del poeta.
Se doctoró en la mañana del sábado 12 de marzo de 1927, cuando defendió en el ahora desaparecido Paraninfo una tesis titulada Sociología estética, publicada un mes más tarde, por entregas, en la revista capitalina Pareceres. Con Casimiro Orellana, uno de sus compañeros de carrera, abrieron un bufete en la ciudad capital, el cual resultó ser un negocio de pocas rentas, debido a la negativa de sus fundadores para cobrar tarifas altas y menos a personas de escasos recursos.
Cuando el periódico Queremos, dirigido por Carlos Bauer Avilés, tuvo que cesar sus tirajes durante el régimen del doctor Pío Romero Bosque, en 1927, los más importantes intelectuales de entonces efectuaron un "velorio" en torno a su último ejemplar, instalado en un ataúd y en capilla ardiente, erigida en un edificio del centro capitalino. Vestido de sacerdote y en posesión de un "latín" de su propia invención, el oficiante de esa ceremonia sarcástica fue Alfredo Espino.
En su casa, estudios, trabajo y en sus reuniones, siempre fue visto ataviado con sus trajes completos y con sus lentes redondos, al estilo de los del actor estadounidense Harold Lloyd, una de las grandes estrellas del cine mudo de las primeras décadas del siglo XX.
En los últimos años de su vida, la negativa de su padre y madre para consentir su casamiento con ciertas jóvenes lo condujo a constantes desequilibrios emocionales y amorosos. Para mitigarlos, se entregó a largos ratos de bohemia, que lo llevaban a realizar extensas visitas a bares y prostíbulos de la capital salvadoreña.
Fue durante una de estas crisis alcohólicas que él mismo puso fin a su vida, en la madrugada del jueves 24 de mayo de 1928, en su cuarto de la casa familiar, ubicada en el costado norte del Cuartel de Infantería (ahora Mercado ExCuartel), en el centro de la capital salvadoreña. Los rumores de la población y de sus amistades divulgaron varias versiones acerca de su acto suicida, pues mientras unas aseguraban que se ahorcó con su propio cinturón en la cabecera de su cama, otras afirmaban que ella se produjo por envenenamiento o por ingestión de una sobredosis de somníferos. Lo único cierto fue que no hubo ningún tipo de servicio religioso para los restos del malogrado poeta, lo que revelaba la típica actitud eclesiástica para los que atentan contra su vida.
Sepultados primero en el Cementerio General capitalino -donde los discursos de estilo corrieron a cargo del doctor y escritor Julio Enrique Ávila y los entonces bachilleres Manuel F. Chavarría y Rafael Vásquez-, desde hace unos años los restos de Espino fueron trasladados a la Cripta de los Poetas, en el camposanto privado Jardines del Recuerdo, al sur de la ciudad de San Salvador.
Luego de su suicidio, su padre se dedicó a organizar en un volumen algunas de las dispersas composiciones, casi todas dedicadas a temas bucólicos del paisaje salvadoreño casi todas dedicadas a temas bucólicos del paisaje salvadoreño, pero en las que no dejó de retratar, en medio de las volutas del lenguaje y en su admiración por el cuerpo femenino, temas como la prostitución, la tristeza y la sangre de inocentes mujeres que morían a causa de las violaciones o los abortos.
Con una carta-prólogo del pensador y escritor Alberto Masferrer, una pequeña parte de ese trabajo paternal vio la luz en el periódico Reforma social (1932). En 1936, esa compilación poética fue impresa, en forma de libro y con el título de Jícaras tristes -sugerido por el propio Alfredo-, en los capitalinos Talleres Gráficos Cisneros, en una edición auspiciada por la Universidad de El Salvador. Once años más tarde, la Asamblea Legislativa ordenó hacer una segunda edición, de cinco mil ejemplares, en la que fueron incluidas diversas fotos de instantes vitales del poeta, a la vez que fue exclui-do el poema En los tiempos remotos, escrito por Joaquín Castro Canizález (Quino Caso). Además, se le agregó otros poemas al cuerpo del libro, aportados por el profesor Saúl Flores y el abogado y poeta José Luis Silva.
Desde esa fecha y por instancia de las autoridades educativas nacionales, se han realizado grandes tirajes de dicha obra que -pese a no haber representado ningún pago por derechos de autor para sus familiares- la han institucionalizado como uno de los libros clásicos y canónicos de la literatura salvadoreña. Dos de las más importantes reediciones de este poemario fueron hechas por la empresa Producciones y Publicaciones "Continental", de Ortiz Alemán Hermanos (San Salvador, marzo de 1963. Imprimió veinte mil ejemplares, que fueron comercializados en todo el país a cincuenta centavos de colón cada uno) y por la Dirección de Publicaciones e Impresos del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (DPI-CONCULTURA), que en 1996 la incluyó con cincuenta mil ejemplares en la primera fase de la Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña.
Con ocasión del centésimo primer aniversario natal del poeta ahuachapaneco, el investigador salvadoreño Carlos Cañas-Dinarte dio a conocer el artículo Algo más de la poética de Alfredo Espino, publicado en enero de 2001 por El Diario de Hoy. Allí señaló mutilaciones y alteraciones en algunos poemas y la carencia de otros en Jícaras tristes. Entre los cambios más significativos planteados destaca que los títulos de los poemas Combate fantástico y Paisaje lunar fueron cambiados por los de Acero y Canción sin palabras -cuyos finales actuales también fueron retocados-; que El dulce anhelo debe llevar como subtítulo (Diario ingenuo); que Con los cántaros es, en realidad, un soneto incompleto en todas las ediciones anteriores y que falta reunir algunos escritos poéticos desconocidos, como Entre cafetos y La choza.
Entre los diversos homenajes tributados a la memoria de Alfredo Espino durante el siglo XX, en 1936 le fue rendido un tributo nocturno de poesía y música, el cual estuvo a cargo de Hugo Lindo, María de Baratta, Iri Sol, Jacinto Castellanos Rivas y María Loucel, quienes hicieron uso de los estudios de la radio nacional YSS. Al año siguiente, un grupo de amigos del poeta decidió sembrar un árbol de maquilishuat sobre su tumba.
En mayo de 1947 se dispuso fundar en la parte oriental del Parque Cuscatlán el Rincón "Alfredo Espino", inaugurado con la lectura de sonetos de Quino Caso y otras palabras de prominentes intelectuales y docentes de la época. En dicho lugar, se pensó colocar un busto en bronce del poeta, pero el proyecto nunca fue realizado.
Durante sus sesiones regulares de julio de 1953, la Comisión de Cultura y Asistencia Social de la Asamblea Legislativa aprobó la creación del Premio Nacional de Ciencias, Letras y Artes "Alfredo Espino", promovido por el diputado y bachiller Manuel Alonso Rodríguez. Aunque el galardón fue puesto en marcha varios meses más tarde, fue despojado del nombre del poeta sin mayores explicaciones. En la actualidad, ese galardón es conocido como Premio Nacional de Cultura y es otorgado por el Presidente Constitucional de la República, en una ceremonia novembrina, desarrollada casi siempre en los salones de la Casa de Gobierno.
En marzo de 1954, la biblioteca del Instituto "Santo Tomás" de Tejutla, en el departamento de Chalatenango, fue bautizada con su nombre.
En los homenajes que se le rindieron entre el 16 y el 23 de enero de 1955, la Asociación de Estudiantes de Derecho de la Universidad de El Salvador lo declaró "Hijo predilecto de la Facultad de Jurisprudencia y Ciencias Sociales" del Alma Mater nacional. En su memoria, tuvo lugar un recital poético a partir de las 8 de la noche del día 20, en el que intervinieron Julio Enrique Ávila, Luis Gallegos Valdés, Oswaldo Escobar Velado, Luis Villavicencio Olano y Enrique Silva.
Ese mismo año, algunos estudiantes de la Escuela Normal de Maestros "Alberto Masferrer", con sede en la ciudad capital, se agruparon y dieron vida al Círculo Literario "Alfredo Espino". Dos años más tarde, el viernes 24 de mayo de 1957, las personas integrantes de este Círculo, en compañía de las alumnas y docentes del Instituto Nacional Central de Señoritas y de otras instituciones educativas de la ciudad capital, rindieron homenajes florales y poéticos al malogrado poeta ante su tumba.
La vida y obra de Espino han sido objeto de un sesudo estudio en el libro inédito Geografía poética de Cuzcatlán -escrito por el antropólogo salvadoreño Dr. Rafael Lara Martínez, actual catedrático del New Mexico Institute of Mining and Technology (Socorro, New Mexico, Estados Unidos)- y de una obra de teatro, debida a la pluma del escritor y periodista nacional Francisco Andrés Escobar, la cual fue representada en varias entidades culturales de la ciudad de San Salvador a lo largo del año 2000.
Mediante licencias literarias, en este último texto es recreada la biografía del malogrado poeta, trabajo que constituye una ampliación del ensayo investigativo e introductorio hecho por el licenciado Escobar para una reedición de Jícaras tristes (Nueva San Salvador, 1989). En diciembre de 2001, la Dirección de Publicaciones e Impresos de CONCULTURA dio a conocer esa obra dramática y varias fotos de Espino y su familia en el volumen La lira, la cruz y la sombra. Biografía de Alfredo Espino, calzado por la firma de este escritor y catedrático de la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA, San Salvador).
Como homenaje a Espino, en la actualidad ostentan su nombre un pasaje al final de la 25 avenida sur (San Salvador), sendas calles de la capital salvadoreña y de Santiago Texacuangos, la biblioteca pública de la ciudad de Ahuachapán (fundada el 23 de junio de 1994), las escuelas urbanas mixtas unificadas de Ahuachapán y el barrio El Calvario (San Francisco Morazán, departamento de Chalatenango), al igual que las escuelas rurales mixtas de los cantones Las Flores y San José Las Flores, en el departamento de Santa Ana.

Para conmemorar su centenario natal, en el año 2000 la Unidad de Cultura "Roberto Armijo" de la Universidad Tecnológica de El Salvador (UTEC) promovió la musicalización y produjo la grabación, en disco compacto y casete, de varios poemas de Alfredo Espino. Titulada Dos alas, esta obra fue realizada por Guillermo Cuellar y su conocido grupo musical Exceso de equipaje.